domingo, julio 03, 2011

El sueño infinito de Leonora Carrington


3 de julio 2011

Mi cabeza ha estado dando vueltas,  desde la triste partida de Leonora Carrington, recién el pasado mes de mayo, y la verdad es que no atinaba a encontrar la manera de hablar de ella. Como cuando se va un amigo muy querido y durante el velorio todos hablan de lo bueno que fue: la repetición exorbitante te mantiene callado, porque sientes que un comentario más sería excesivo y de mal gusto, pero te estalla la entraña y lo tienes atrapado en la garganta por días.

Leonora ¿por qué nos dejas tan malitos de nuestro surrealismo?  Ella fue una artista verdaderamente compleja –y completa-  que dejó verter por cada poro su creatividad, transformándose en pinturas, esculturas, vestuarios, novelas y cuentos.

Nacida en Inglaterra en 1917, Leonora Carrington vivió en el convulsionado mundo que se hizo paso entre la guerra y la efervescencia de la intelectualidad en Europa. Ella, un alma emergida de un hogar conservador, recibió los ladrillos que sólo los privilegiados pueden poner en el orden correcto para construir grandes obras. En su caso, Leonora construiría un magnífico faro que nos alumbra con imágenes oníricas incluso hoy, después de su partida.

Su madre Irlandesa intercedió para nutrir a esta joven mente de relatos épicos, personajes y genealogías fantásticas; además, a manera de augurio, le regaló un libro de Herbert Read: El Surrealismo, cuya portada estaba ilustrada por Max Ernst.

En los años 30´s Carrington conocería al pintor alemán Max Ernst, y esta relación apasionada traería consigo una reacción en cadena de sucesos, de entre los cuales destaca el haberse adentrado en el movimiento surrealista desde el meritito centro de su gestación. Con Ernst viviría un tiempo en París, y  participarían juntos en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam. Es en este tiempo que también estaría en contacto con Joan Miró, Pablo Picasso y Salvador Dalí.

En esta época, la garra del movimiento nazi se extiende a Austria, y varios surrealistas, incluyendo a Leonora, se vuelven miembros activos del Kunstler Bund, agrupación de intelectuales antifascistas.
Max Ernst es declarado enemigo del régimen y trasladado a un campo de concentración. Leonora huye a España, ante la inminencia de la ocupación nazi en Francia, conmocionada, con una grave herida emocional,  y terminaría por instrucciones de su padre en un hospital psiquiátrico en Santander.

De ese difícil periodo, la vida y obra de Carrington quedarían marcadas de manera definitiva.
Y he aquí la manera en la que el destino lleva a nuestra pintora a tierras mexicanas: escapa del psiquiátrico y llega a Lisboa, refugiándose en la embajada mexicana, donde conoce al escritor Renato Leduc, con quién se casa y se embarca rumbo a Nueva York.

Ya en México, se divorcia de Leduc y reencuentra a varios compañeros del movimiento surrealista en el exilio, como son André Breton, Benjamín Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen, y Remedios Varo, entre otros.

En 1946 conoce al fotógrafo Emerico Weisz, con quien se casa. Desde entonces, vivió intercaladamente en México y Nueva York.

Es en México donde su pintura se potencia, y se reviste de un barníz de combinaciones íntimas y personales, de simbolismos célticos, temas Jungianos, animales fantásticos, mujeres, monjas y caballos en  episodios que podríamos situar en lugares conocidos de nuestro país, como su famosa pintura Nunscape at Manzanillo.

Sus pinturas nos llevan a descubrir un universo narrativo tan vasto como sus propios sueños, sus colores no son vibrantes, por el contrario, las tonalidades ocres, verdosas, propias de un mundo inconsciente en donde las siluetas alargadas de sus personajes se proyectan y conviven de la mano de aparatos y muebles maravillosos.

Algunas pinturas de Carrington denotan una influencia de artistas renacentistas, al evolucionar durante varios años, se van haciendo más atemporales, con menos referencias geográficas, y los personajes son una mezcla de animales y seres fantásticos, en situaciones desafiantes de las leyes de la física.

Su obra abarca muchos años de transformaciones, de figuras alargadas, a más regordetas, de colores ocres, a tonos más vivos, y como una constante inmutable: la presencia de la mujer, y los animales.

Leonora Carrington fue una mujer apasionada, adelantada a las circunstancias, luchadora, politizada y dueña de su tiempo, que intentó advertir del peligro del nazismo el en ámbito social y cultural que le tocó; también fue una entusiasta del feminismo incluso antes de sus primeras y claras manifestaciones en México, a finales de los años sesentas.

El arte de Leonora, es el arte de la magia. Sólo a aquellos que creen en la magia pueden adentrarse con placer en este florilegio de símbolos, escenas míticas de ceremonias y procesiones.

No hace poco, esculturas de su ingenio adornaron el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Fue un homenaje previo a su despedida, un desvanecimiento momentáneo, que como un sueño recurrente volverá a nuestra memoria, porque Leonora Carrington seguirá en nuestras historias inconscientes, por siempre, en un sueño surrealista, infinito.

2 comentarios:

  1. Encantador artículo sobre una de mis mujeres favoritas. Gracias por escribirlo y por compartirlo! (y por tanto más).

    ResponderEliminar
  2. Anónimo6:24 p.m.

    Gran relato, admirable tu forma de expresar el gran amor a una gran mujer.

    ResponderEliminar

Vierte tu sopa...