miércoles, abril 15, 2015

Francis Alÿs, relato de una negociación, y nostalgia por el MAM


La visita a un museo, aprovechando los días de asueto en la capital, derivó en un rebote al mero estilo de carambola de bolas de billar, para terminar en la buchaca de la esquina contraria, mejorando la experiencia notablemente.

Justo había comentado (ver post pasado) la exposición de Henri Cartier-Bresson, y por tal motivo me quedé aún vibrando en la dimensión de la fotografía, por lo que tenía la intención de acudir a la expo del MAM, para ver de qué iba la muestra de Edward Weston y Tina Modotti.

Aunque la exposición se llama Fascinación, después de ver el excelente montaje de Cartier-Bresson en Bellas Artes, preferí ir mentalizado a que quizás no encontraría algo con tan buena museografía. 

La decepción fue mayor, al encontrarme un letrero en la puerta del Museo indicando que no abrirían ni jueves ni viernes santo. ¿Santo? más bien: ¿A santo de qué, si todos los demás museos abrieron?

No quisiera ahondar mucho en la tristeza que me da ver al MAM en un estado casi deplorable, sin mantenimiento, con perennes mantas sindicales amenazando paros, con exposiciones tristemente curadas, como la montada actualmente conmemorando 50 años del recinto. ¿Qué le pasó a uno de mis museos favoritos desde la infancia, donde descubrí a Tepito Arte Acá, a Remedios Varo, a Rafa Cauduro, a Kiyoto Ota, a Carlos Mérida?

Administraciones vienen y van. Lo último que vi de buen nivel en el MAM fue la muestra de Mujeres Surrealistas, claro que para esto intervino un equipo de verdaderas personalidades, incluyendo un buen equipo curatorial y la directora del LACMA, a quien por cierto le robé su tarjeta y ya hasta nos escribimos =). Aproveché también en la inauguración para saludar a la viuda de Walter Grüen, quien fuera esposo de Remedios Varo.

Afortunadamente, mi amigo Carlos, con quien planeaba entrar al MAM, me sugirió que valía mucho la pena cambiar el rumbo hacia el Museo Tamayo, por la exposición de Francis Alÿs.

Hacía bastante tiempo que no visitaba el Tamayo, y me dio mucho gusto encontrarme con un artista conceptual en todo el rigor de la palabra. Desde la entrada, el sonido de la obra ya estaba haciendo de las suyas con un video de Alÿs serruchando un cuadro, complementando con un buen sabor de boca cuando llegas al cuadro serruchado, para darle sentido al audio de bienvenida.

El concepto de Alÿs gira en torno a las fronteras, a los contrastes entre un pedazo de tierra y otro, y expone las humanas y ridículas diferencias políticas y sociales que guardan entre sí, en contraposición con su extrema cercanía. Es interesante cómo un pequeño tramo de mar, puede ser un límite hacia la libertad, o hacia la igualdad de las personas.

El experimento de Alÿs incluye pinturas, performance, videos, poesía, construyendo una esfera de diversas aproximaciones para delimitar y destacar su mensaje. En su idea, quizás lógica para cualquier niño o artista, pero descabellada para el resto del mundo, Alÿs juega con hacer un puente de barcazas entre Key West y La Habana. Convoca a ambas poblaciones a cooperar para juntar las suficientes embarcaciones para que de cada extremo se fuera formando este puente virtual que llegaría a unirse en un punto medio en el océano. 

Quizás tristemente, por la lógica política / económica del mundo, el acting no logra consumarse, ya que del lado cubano junta alrededor de 40 voluntarios, y del lado estadounidense sólo una veintena a lo más. Decidido, traslada su laboratorio al estrecho de Gibraltar, y nos inunda de manera visual y audible con la paradoja de esa breve separación entre tierras, con Europa de un lado y África del otro. Un grupo de chicos con barquitos confeccionados con chancletas de goma, o flip flops, atildados como veleros, se internan en el mar, en cada orilla de ambos continentes, y sueltan sus naves, para un encuentro que sólo puede ser probable en el espíritu del artista.



De hecho, Alÿs menciona en el video que narra lo de Cuba, que si se tienen a dos hombres, quienes se están tratando de poner de acuerdo en algún asunto, y un hombre abofetea de pronto al otro, el curso de las negociaciones se altera, se frustra. No hay posibilidad de acuerdo. Sin embargo (y esto lo hace dibujando un esquema de bolitas en un cuaderno) si se incluye a un tercer personaje en la fórmula, que pueda interceder por los dos hombres, facilitando la negociación, renacen las posibilidades. Ese tercer hombre es el artista. Este concepto me fascinó, y me hizo girar en el concepto entero del arte, a redefinir en ese momento el papel del artista.

Gracias a un valioso plus de la obra visual, agradezco el poder haber vivido la experiencia de estar en el eje de un tornado. Las sensaciones te invaden en un poderoso video que te sumerge en el corazón mismo de este fenómeno de enorme caos, y casi terminas escupiendo tierra,  llorando el lodo de esta impresionante y realista fuerza de la naturaleza.

Alÿs visita Afganistan y nos da también una visión pletórica de contrastes, de la vida cotidiana de ese país árido, triste, ocupado al antojo de los poderosos, sumido bajo su propio peso religioso. El video de "REEL  -   UNREEL", disfrutado desde la comodidad de una colchoneta en el piso, te envuelve en esas meditaciones. Sales "girando" literalmente de la sala de proyección, creo yo que hasta con una visión muy distinta, no de Afganistán, sino de México y de nuestra realidad, con nuevos lentes.



En una pared, frases con una poética inteligente, un año que cimbra lo más profundo, nombres que no te dejan parpadear. El eterno tema de la guerra vs. la persistencia del espíritu humano a través del arte. 


Francis Alÿs es un poderoso creador que invade con su concepto el Tamayo, artista nacido en Bélgica, que vive y trabaja en México desde la época posterior al terremoto del 85, acontecimiento que lo marcó, influyendo en su decisión por abandonarlo todo y dedicarse al arte.

sábado, abril 04, 2015

Cartier-Bresson en México, lecciones de luz y tiempo.


Amar el arte de la fotografía sigue siendo en nuestros días un amor peculiar, un debate romántico inmerso en un mundo donde los adelantos tecnológicos para el procesamiento de imágenes se multiplican y sustituyen unos a otros a gran velocidad, mucho antes de que podamos asimilar los que van quedando obsoletos. 

En una vorágine del consumo de imágenes,  millones de tomas fotográficas se hacen desde teléfonos móviles a cada momento. Pienso que ni en los sueños más descabellados de Nicéphore Niépce o Daguerre se hubieran imaginado que prácticamente toda la población de una ciudad contaría con una cámara fotográfica que además cargaría a cada momento, para tomar hasta los más inocuos instantes de la vida cotidiana.

A pesar de esa democratización tecnológica, la fotografía nos sigue fascinando: todos queremos ser grandes fotógrafos. Es un hecho incontrovertible, que forma parte de nuestra intrincada genética cultural. Sin embargo, aún sigue destacando el trabajo de los maestros que han hecho de la luz y los instantes una enciclopedia de la poética y las pasiones humanas, creando imágenes que sobresalen por entre las toneladas (o mejor dicho millones de megabytes) de imágenes digitales.

De entre los grandes maestros que abrieron el derrotero que seguiría la estética y narrativa de la imagen fotográfica, Henri Cartier-Bresson es de mis personajes favoritos, y por supuesto que al enterarme de su retrospectiva exhibida en el Palacio de Bellas Artes, la emoción me inquietó hasta el mismo instante en que pude dedicarle toda la mañana de un sábado.

La mirada del siglo XX, es el título de la exposición presentada por Bellas Artes, en colaboración con el centro Pompidou y la fundación Cartier-Bresson. Al entrar a la sala, y desde las primeras piezas, un dibujo que hace de un Boy Scout a su madre, o sus pequeñas primeras pinturas en témpera sobre cartón, intuyes que el viaje va a ser cronológico y escrupuloso.


A manera de prólogo comienzan estas piezas para degustar posteriormente una continuidad de pinturas, collages y fotos con temas surrealistas, sus tomas de la vida cotidiana en África, poco después de haber conculido su servicio militar, por el año 1930, (muchas tomas en picado o con repeticiones y juegos geométricos).



Muchas fotografías rescatadas de su "primer álbum" (un cuaderno de espiral) que forma cuando él decide hacerse fotógrafo, a su regreso de África, son un verdadero lujo. Es como un viaje a la intimidad de su hogar, como si nos permitieran abrir sus cajones y vislumbrar de qué va su vida, todo un viaje a los archivos secretos que todos tenemos en algún lugar de nuestros aposentos.

Fuertemente atraido por los preceptos surrealistas de Breton, Cartier-Bresson explora ese mundo en diferentes direcciones. En la expo se dedica un buen tramo al disfrute de estas imágenes, clasificadas en cinco conceptos que el fotógrafo mantenía muy conscientemente: las tomas Explosivo-Fijas, las Erótico-Veladas, las Mágico-Circunstanciales, la Sal de la Deformación y los Soñadores Diurnos.

Por supuesto, dentro de la sección Explosivo-Fijas, no pude dejar de sobresaltarme por el famoso fotograma Detrás de la estación de Saint-Lazare, de 1932, ejemplo ya de carácter de libro de texto, que ejemplifica categóricamente el Momento Decisivo. Me quedo viendo esta fotografía, y no dejo de preguntarme la posición del fotógrafo, ¿cuánto tiempo estuvo ahí? ¿esperando ese momento, o pasaba por casualidad? ¿quién era el personaje que brinca sobre el agua?



Una hermosa imagen, tomada en sus viajes a México, bella por su movimiento, su estética desenfadada, su descubrimiento del momento de amor entre dos mujeres, al abrir la puerta, según lo relatado en la museografía, también sublime.



Particularmente me llamó mucho la atención un pequeño autorretrato (muy escasos por cierto), de 1932, donde, bajo la categoría de La Sal de la Deformación, aparece Cartier-Bresson, en una "selfie" frente a un espejo de esos de feria, que transforman y alargan las formas, convirtiéndolo en un ser enigmático y achatado.




Posteriormente podemos apreciar su periodo de incorporación a la izquierda anti imperialista, en donde a través de sus viajes retrata el rostro de la pobreza en Francia, España y México. Exponer la injusticia y los contrastes sociales son ya parte importante de su trabajo, y de hecho consigue un trabajo en la prensa comunista.

Al ser enviado como corresponsal a Londres para fotografiar la coronación de Jorge VI, Cartier-Bresson con su mirada particular, evidencia la circunstancia alrededor de la coronación, las tomas no son los clásicos retratos para enaltecer al monarca, sino la expectación del pueblo, tan distinto a la monarquía, tan alejado de los privilegios.



Parte de sus reportajes incluyen la cobertura del fenómeno que causó la instauración de dos semanas de vacaciones pagadas a los trabajadores, como parte de los cambios por la llegada al poder del Frente Popular Francés. Escenas de la gente matando la tarde, o disfrutando de il dolce far niente nos hacen reflexionar acerca de nuestro actual estilo de vida, y de las cosas que damos por hechas, cuando en otro tiempo significaron un logro digno de ser fotografiado.

Les puedo decir que vale la pena leer y escuchar todos los audios disponibles en la sala, y toma su tiempo dedicar cabalmente la atención necesaria a cada sección, pero la recompensa es grande, y vale  la pena aprovechar este gran esfuerzo de catalogación, al ser un receptor ávido de los textos, videos y audios dispuestos a lo largo de la exposición.

Hablando de los videos en particular, me llevé una grata sorpresa el haber descubierto que Bresson había sido seducido por el lenguaje cinematográfico, y su acercamiento al cine lo llevó a ser ayudante de Luis Buñuel e incluso colaborador con Jean Renoir. Gracias a una selección de cortos de Renoir, se le puede ver actuando, un verdadero privilegio contextualizado por una magna retrospectiva como lo es ésta.

La fiel documentación fotográfica de el final de la guerra, el fin del nazismo y el regreso de los prisioneros, a quienes se desinfectaba con DDT para evitar las plagas, son documentos que ya hacen vislumbrar su madurez como reportero gráfico. De hecho, al final de su primera retrospectiva, presentada en el MoMA en 1947,  funda junto con Robert Capa, David Seymour, George Rodger y William Vandivert la agencia fotográfica Magnum, misma que sería un modelo de calidad mundial en fotoreportajes. 

Las imágenes captadas alrededor del mundo, nos hablan de un verdadero pulso de nuestra civilización, los símbolos y personalidades que han revolucionado países y gobiernos, se exponen en la muestra de la mano con los viajes de Cartier-Bresson:  Las exequias de Gandhi, el fin del gobierno de Kuomintang en China, con imágenes preocupantes que nos hacen reflexionar por ejemplo en las modernas devaluaciones y el valor del dinero. Fotografías de un poder impactante que retratan la Rusia tras la muerte de Stalin, desde el punto de vista cotidiano, franco y directo desde las entrañas de la sociedad misma.

Al avanzar por los pasillos, volteas al final del mismo, para ver si todavía hay más, si estás a punto de terminar, y descubres que afortunadamente todavía queda bastante que ver: los retratos por encargo, por ejemplo, donde quedan captadas las personalidades de escritores, artistas, filósofos. En particular me gusta mucho el retrato de Alberto Giacometti, quien se ve caminando, como inclinado, emulando la inclinación de una escultura suya, a su lado. Por cierto, me hace recordar aquella excelente exposición de los hermanos Giacometti en el hoy extinto Museo Arte Contemporáneo, en Polanco.



Me sorprendió cómo algunas fotografías formaban un conjunto visual de siluetas que emulan los kanji de la escritura japonesa. La gente es escritura, las figuras un texto.



Algunas escenas del reportaje que Bresson hace de los franceses, me dejan gravitando en su manera de componer las escenas. En particular quedo atrapado por Simiane-la-Rotonde, de 1969.



Ya en las últimas partes de la exposición, los marcadores que han influido en nuestra actual manera de comunicarnos, quedan identificados en fotogramas de la serie: El hombre y la máquina, y el hombre y el consumismo.

He de insistir en que vale mucho la pena esta exposición, con una magnífica museografía y curaduría. Un proyecto árduo de investigación que muy probablemente no se volverá a repetir en muchos años, quizás décadas, si pensamos que su última exposición en Bellas Artes fue en el año 1935, junto con Manuel Álvarez Bravo.

Después de asistir a esta exposición, tomar fotografías se vuelve cada vez más un compromiso, haces más consciente aquello que quieres decir, y en cada disparo, no sólo recuerdas el instante decisivo, sino el fondo, la forma, la composición, el discurso. No es fácil observar, ser un profesional de la observación, pero es necesario esforzarse. En mi caso, escribir y fotografiar van de la mano con ese compromiso, un diálogo discursivo que siempre evoluciona y hay que alimentar, con imágenes, con lecturas. 

Después de ver la obra de Cartier-Bresson, estoy seguro que procuraremos un ojo más alerta, y un espíritu más observador. Se los aseguro.

lunes, mayo 05, 2014

El único texto que está ligado a mi sweater irlandés



Mi sweater irlandés huele, y huele bien, huele a Irlanda.

Y de sus lejanas tierras, se trajo el secreto de la humedad, pero no de la humildad. Su única etiqueta, rústica y lisonjera, lleva años guardada en un cajón, y hoy la encontré. Reza así:

"We Knit Sweaters"

Around 1860, John O´Shea, a journeyman thatcher, is credited with wearing the first true hand-knit Aran jumper ever seen in the Parish of Monasterevan.

His wife, Kate, carefully incorporated only authentic traditional Aran designs in her famous woollens from then on.

We, as the inheritors of that tradition, and, the oldes manufacturers of Arans in Ireland, proudly carry on the family business at...

WEST END KINTWEAR LTD.
Monasterevan, Co. Kildare, Ireland.

lunes, julio 22, 2013

Concierto en el Soumaya



(fragmento de una carta)

… llegué a clavar el pico, y de pronto, como si el sueño hubiera sido de quince minutos, había que pararse. Todo apendejado me arreglé, refunfuñé, caminé como zombie, y de pronto ya estaba rumbo al museo.

Llegando a la cercanía del Soumaya, me pone de malas sentirme en territorio Slim. Toda esa parte de Polanco llena de tráfico y de construcciones, de nuevas torres y edificios de departamentos, de oficinas, no me gusta nada… le llamo Ciudad Slim, y siento que, como no pudo adueñarse del Centro Histórico, consiguió adueñarse de un lugar sin nombre, sin lujo, de una zona que ahora le llaman "El Nuevo Polanco".
 
Todos sabemos que “El Nuevo” Acapulco, Polanco, Vallarta, etc.. son remedos hipsterosos de lo que alguna vez fue un lugar de esplendor y gloria.

Cuando viajes, procura nunca visitar la “Nueva” Italia, o el “Nuevo” Soho. Evidentemente encontrarás decadencia y una interpretación posmoderna y burda de lo que fueron las cosas en su plenitud.

Espero nunca ser “El Nuevo Arta”.

Llegamos al bodrio de arquitectura que es el sobado Museo Soumaya. Un encargo arquitectónico con mucha pretensión, apantallador para el incauto que no ha tenido contacto con las obras de verdaderos arquitectos como Gaudí, Walter Gropius, Le Corbusier, Calatrava, del mismo y mexicanísimo Barragán. El trabajo se lo lleva de tarea el yerno del señor Slim y decide hacer un museo que en la distribución y el tránsito de los usuarios se asemeje al Guggenheim de Nueva York, pero que por fuera nos recuerde las formas orgánicas del Guggenheim de Bilbao. Resultado: metes en la licuadora dos Guggenheims y te da una especie de lata retorcida con escamas metálicas, que además está casi pegada a un complejo de edificios comunes y corrientes, con ventanas de espejo, donde se encuentra el regimiento de godinez que abarrotan los corporativos de Telcel y empresas hermanas.

Para terminar de acotar los sentimientos que siempre comento respecto de este museo, no me deja de impresionar cómo, el hombre más rico DEL PLANETA, el millonario mayor, no pudo apropiarse del espacio de una manera más integrada a la naturaleza… hay pedacitos de pasto aquí y allá, pero todo está amontonado, como ha sido un estilo en México, barroco, sin espacio para dar pasos hacia atrás y poder apreciar un monumento, o un edificio sin que tengas que chocar con más edificios y obstáculos.

Nuestro impulso es hacia el rebuscamiento, como herencia de esa época de influencia española, y después francesa. No me queda más que pensar que el señor Slim no sabe que el mayor lujo, sobre todo en la ciudad de México, no son las construcciones, sino el espacio. El verdadero destello hubiera sido quizás si este pequeño museo de lata retorcida estuviera rodeado de nada, descansando sobre una hectárea de pasto pequeñito y bien podado, que exaltara sus formas y hasta provocara uno que otro suspiro, en donde el resplandor de sus escamas nos hubieran llamado a visitarlo, a preguntarnos ¿por qué cayó del cielo un objeto tan singular? La forma y el fondo, cosas básicas del diseño, que algunos arquitectos a veces no contemplan, o no se esfuerzan para que los dueños del capital lo comprendan.

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...llegando al complejo cultural, y después de una revisión / cateo estilo aeropuerto, entramos al Soumaya. Vinos de Monte Xanic y una pierna de jamón serrano bordeaba el área donde se dispondría el cocktail posterior al concierto (sonreí). Pasamos a un pequeño auditorio escondido, que conozco bien desde el año pasado, porque recorrí cada rincón del museo, pues en diciembre organicé una cena para 100 personas en el lobby de éste recinto.

Conferencia con dos integrantes del ensamble, un señor amigo de ellos y el embajador de Holanda, que lejos de ser aburrida, nos ilustró y entusiasmó en un proyecto que quiere revivir el barroco, pero tocado por músicos mexicanos, en un estilo que cada vez ha tomado más auge: la interpretación de música antigua informada históricamente. ¿qué es esto? simplemente el procurar tocar las obras de Bach, Vivaldi, Haendel, Coreli, etc. tal cual se tocaban en la época en la que vivieron estos compositores: con instrumentos antiguos (o elaborados exactamente idénticos a la usanza de la época) ya que el sonido es totalmente diferente que las interpretaciones comunes hechas con instrumentos modernos.

Ahí nos encontramos con Darío, promotor músical, violinista y amigo...  y con otros tres amigos más. Pasamos al área del concierto, y aquí, es algo que vale la pena destacar: En toda la obscuridad antes descrita en la arquitectura y concepto del museo, existe este único espacio sublime, blanco y amplio: el lobby del museo. El clavecín y los tripiés con partituras dispuestos en ese espacio amplio (¿ves? lo amplio es chido) y etéreo. Una escultura verdosa de August Rodin parece darle estabilidad, equilibrio, peso, a tanto aire.

El concierto hermoso. La música, apelando a lo divino, a lo sacro. Los instrumentos: flauta, fagot, clavecín, violín. Me llama la atención la juventud de los intérpretes. Me llama también ver sus rostros. Se ve tan intensamente marcada su personalidad en cada uno de ellos… casi podría hacer una historia inventada totalmente distinta de cada quien.

Justo al inicio del concierto, cuando todos tosen y se hace el silencio previo, se deja notar, magnificado por la acústica del lugar, música y retumbos de promociones comerciales que se cuelan en la para nada hermética sala… todos se voltean a ver, yo con C y con los amigos, una señora de primera fila (de los invitados VIP) se voltea y comenta “¿qué es ese ruido?”

Un muchacho de la producción sale corriendo como a investigar de donde viene el ruido y tratar de apagarlo.

Es evidente que tendrán que concentrarse e iniciar así el concierto, ya que no se sabe cuánto se tardará en sofocar ese sonido.

Muy profesionales inician el concierto, y ya casi al final, en la última pieza, para rematar y colmo, en un momento hermoso de la pieza, el tren que pasa justo frente a las puertas del museo, suena SIN PUDOR ALGUNO su silbato, que con algo de imaginación y ya con bastante buen humor, me imaginé que el tren se parecía un poco a un instrumento grande de cuerda, como un contrabajo o algo así.

Los músicos terminaron a punto, y todo fue aplausos y emoción.

En la cola que se formó para que nos dieran tantito jamón serrano y vino Monte Xanic, platicando con los amigos, me di cuenta que ya el embajador de Holanda tenía su jamón y su vino y se había sentado en una mesita bastante lejana, y entonces atiné a decirle a B (en voz un poco alta): “híjole B, ya ni amuelas, no te le metas en la cola al embajador de Holanda ¿qué va a pensar de nosotros los mexicanos?”.

C se escandalizó, y me dijo “shhhhhhh” con ojos reprobatorios, mientras los demás amigos se reían, y yo pues también muerto de la risa… “vamos a poner en gran tensión las relaciones bilaterales México – Holanda”  jajajajaja! Un posible conflicto internacional, todo por ir a un concierto y no saber cerrar el pico.

lunes, junio 03, 2013

Tus signos


Aprendo a vivir a jirones... esperando
porque esperar nunca ha sido lo mio.
Multiplico mis ojos, en tus lejanos signos
en tus luminosas ventanas, que aguardan, silenciosas
A veces, un roce de tus dedos dibuja el "escribiendo"
que me altera el corazón
otras veces la soledad no sólo se hace porteña,
sino que adelanta el paso, se presenta viva,
en un balcón que aguarda lánguido el timbre de la puerta.
No puedo exigirte nada...
Ni mucho, ni poco, ni juzgar por tu mirada.
No puedo lanzar una parvada de aves celestes
ni te puedo inundar el libro azul con ácidas metáforas.
Debo aprender a esperar, a jirones agrestes
a que elongues tus quehaceres,
a que colmes tu línea temporal con los placeres.

Un punto y coma más, y todo se vuelve una novela;
Un acento menos, y deviene en mísera desgracia.
Tan cerca y tan lejos... como en un confesionario,
como si nos separara un velo por el cual distinguir el brillo de tus ojos...
pero no tu aroma, ni tu risa, ni el color de tu cabello.

¿Sabes que jugaba aquella noche?
¿Sabes que despacio pregunté si te pesaba?
Sólo el silencio... que todo y nada dice.
Si las ciencias requieren de una respuesta exacta
no debieran ser su lengua los silencios.

¡Cuántas ventanas tengo abiertas!
y no entra ni una brisa que refresque la mañana...
¿Cuántos minutos dura el último latido?
Debo aprender a leer tus signos, a jirones.




viernes, marzo 01, 2013

Magenta




Simplemente quiero compartirles este breve texto extraído de la página La Palabra del Día, de Ricardo Soca, donde explica el origen de la palabra Magenta, que me parece tan extraordinaria y divertida, así como el color que designa:



El 4 de junio de 1859, las tropas francopiamontesas de Napoleón III, comandadas por el mariscal Patrice McMahon, derrotaron a las fuerzas austríacas en una importante batalla en la ciudad italiana de Magenta, obligándolas a abandonar la Lombardía.

McMahon fue nombrado duque de Magenta debido a esta victoria. Más tarde llegó a ser presidente de la IV República Francesa. La batalla de Magenta, que dejó 9700 muertos y 4600 desaparecidos, fue un paso importante hacia la unidad italiana.

El nombre de esta ciudad lombarda es muy antiguo: proviene del general romano Marcus Maxencius, quien estableció allí su cuartel, que se llamó Castra Maxencia, en el siglo IV a. de C.

Poco después de la batalla de Magenta, se descubrió una tinta de anilina. Aunque este hallazgo no tenía ninguna relación con la contienda bélica, por el solo hecho de haber ocurrido en forma casi contemporánea, y dado que la victoria era tan comentada, se dio el nombre magenta al color de la nueva anilina. Sin embargo, muchos prefirieron llamarlo fucsia en lugar de magenta, en alusión a la flor del mismo nombre y color, así denominada en homenaje al botánico alemán Leonhard Fuchs (1501-1566), su descubridor.

El magenta o fucsia no es un color espectral, o sea, no se define mediante una única longitud de onda, sino que se compone de una mezcla en partes iguales de rojo y celeste; es, por tanto, complementario del verde.

jueves, diciembre 20, 2012

¿Por qué amar el fin del mundo?



This is the end
My only friend, the end
Of our elaborate plans, the end
Of everything that stands, the end
No safety or surprise, the end
I'll never look into your eyes...again
Can you picture what will be
So limitless and free

Jim Morrison




De todos los finales del mundo por los que hemos pasado, éste que tenemos a tan sólo unas horas luce prometedor, cristalino y hermoso.

Montado sobre el brioso mainstream de la cultura pop, el fin del mundo siempre ha tenido esa fascinación de la flama que atrae a la polilla, una sensualidad que me recuerda la prístina tribulación humana por nuestro devenir, y nuestro origen.

¿Por qué amar el fin del mundo? Me lo pregunto en un momento en el que las fuerzas de la naturaleza, responsables favoritas de arrasar nuestra tierra en todas las historias del final de nuestros días, han sido superadas con mucho por las fuerzas obscuras del espíritu humano.

Un México triste, desgastado, pero eso sí, con nuevo manicure, con una ciudad capital que luce segundos pisos, líneas de Metrobús que por fuera se ven modernas y funcionales, con pistas de patinaje sobre hielo cada navidad, como costumbre de un mundo que pareciera marchar con despreocupación en medio de la violencia del estado contra manifestantes, la flagrante violación a los derechos humanos, la imposibilidad de hacer valer la ley ante los abusos más básicos y elementales de la vida cotidiana, no digamos ya los más severos dentro de las complejidades del entretejido social.

Nuestro país se electrizó al borde de las elecciones federales; todos como siempre: con algo de esperanza, siempre, hasta los que lo negaban; al menos como espectadores, como cuando estás en el hospital esperando las noticias de cómo resultó la operación de un familiar cercano… expectante y sin poder hacer nada, y la decepción al saber que la enfermedad sigue, que los hilos invisibles del cáncer de nuestro destino no han desaparecido, a pesar de los nuevos avances de la medicina, de las redes sociales, de los videos en los celulares, de la exposición inmediata a la opinión mundial.

Como personas deseantes, queremos cambiar, y esperamos una renovación, un símbolo de transformación. Todos queremos un mundo mejor, y por eso, nos aferramos al fin del mundo, como una promesa tan desgarradora como bella. El fin de una era, el comienzo de un nuevo mundo, dispuestos a sacrificarnos, quizás no seamos de los sobrevivientes, pero ¿qué importa?

En este fin del mundo, quizás sea egoísta pensar que ese final implica la limpieza de la especie humana. ¿Qué es el mundo? ¿Qué parte del mismo terminará mañana?

El mundo es la cultura, la máxima expresión del lenguaje que nos descubre ante la mente lo conocido. El mundo es lo que conocemos, ni más ni menos. El mundo es lo que imaginamos, lo que creamos, lo que hemos hecho y nuestros sueños a futuro. Si todo eso termina, quizás sea factible pensar que La Tierra continúe… quizás habitada de animales, y plantas, pero sin humanos.

Es comprensible que todos abracemos ese último acto humano que tenemos preparado para el final, y lo compartamos en las redes sociales, deseando en lo más sombrío, en ese rincón del alma, que sea cierto… si no pudimos con nuestro mundo, con nuestro destino, unámonos todos en la gran hermandad de la destrucción. 

De por sí, nuestro México no es el único que sangra, toda la orbe tiene severos dolores. Los Mayas nos brindan un momento de redención, porque, en broma, o no, hemos reflexionado qué sería bueno hacer en estos últimos días.

Y como en Men in Black, en donde las verdaderas noticias, las “sin censura” son publicadas a la vista de todos en los pasquines y tabloides, así en las redes sociales vemos, atrás de la broma, las verdaderas intenciones del final de nuestros tiempos: “tienes un día para amarme”, “quiero emborracharme y saltar en bungee”, “voy a gritarle a mis jefes lo que pienso de ellos”.

Lo he leído y no me ha dado gracia. Al contrario, espero yo también ese final del mundo, con estoicismo, con compasión hacia nosotros mismos, armado con lo que hasta ahora he conseguido, estar con mi familia, con mis amigos, y compartir esa emoción que nos daría comenzar de nuevo todo.

¿comenzar de nuevo la política? ¿comenzar de nuevo un país? ¿comenzar de nuevo nuestra manera de vivir? ¿cambiar nuestra manera de amar? ¿instaurar una nueva ley? ¿no sería maravilloso?

Este pensar en la redención nos hace humanos. Antier una amiga me dijo: “todos los días comenzamos de nuevo”.

Creo que tiene razón, y que todo es cuestión de la velocidad de los tiempos, y que no tenemos la capacidad de reflexión diaria, ni meditamos acerca de todo lo que he mencionado, porque necesitaríamos meditar algunas horas al día antes de ir a trabajar, para estar en esa sintonía. 

Por eso, por economía de tiempo, preferimos matar a la humanidad de cuando en cuando, para poder darnos espacio a esa reflexión.

No se si sólo me ocurrió a mi, pero he comenzado a arreglar muchos asuntos pendientes en mi vida, y no precisamente por el fin del mundo, sino que me da por hacerlo hacia el final de cada año. Esa sensación de “recuperar el tiempo perdido” es una firma que llevamos muchos, en distinta medida. No me gustan los propósitos de año nuevo, pero me apuro al final de año a ver que tanto puedo concluir, y evidentemente me quedo con pendientes que se resuelven a su tiempo. Nos encantan los ciclos, amamos los finales, y los inicios. Nos regodeamos con las reconciliaciones.

¿Estaríamos dispuestos a comenzar con toda nuestra fuerza el 2013 si éste fin del mundo fallara? Si no desaparecemos, no se desanimen: hay tanto que arreglar, de verdad… me gustaría pensar que todos estaremos atentos y activos para mejorar nuestra vida política, para hacer una verdadera sociedad con mejor consciencia de sí, a actuar más y criticar igual… porque ¡cómo criticamos, pero que poco actuamos! Me gusta la crítica, pero añadamos ese ingrediente que falta.

Pensaba: ¿Qué es la vida ya sin Carl Sagan, sin Ernesto Sábato?

Y recordé que vale la pena dar significado a lo que ellos hicieron, precisamente porque podemos seguir escribiendo y escuchando y pensando a través de ellos ¡y de cuántos otros! simplemente de ellos me acordé en este momento... ¡ah y también de Amy Winehouse!
Cada quien tendrá a los suyos... 

Si nos vemos después de mañana, lo que haré será seguir compartiendo, aunque realmente quisiera que todo terminara, y que fuera algo hermoso y lleno de luz, algo sobrecogedor y espiritual.

Se los deseo a ustedes también, porque sé que si no sucede, seremos mucho mejores, y definitivamente haremos algunas de las cosas que tenemos pendientes en la vida, este próximo año.

martes, agosto 07, 2012

Olimpíadas y donde el espíritu se quiebra



Hablar de las olimpíadas en esta edición británica, me ha costado varias miradas reprobatorias, toses de disimulo y comentarios de deslinde inmediatos como: "a mi sí me gustan las olimpíadas", cuando en realidad nunca haya expresado que no me gustasen del todo.

Este verano, los juegos olímpicos me han dejado pensando en la prontitud que todos tienen para defender el deporte como algo bueno por naturaleza, asociado con la salud, con lo limpio, con lo sagrado; como si no hubiese otra dimensión posible.

Entiendo que cuestionar las olimpíadas sea un tema sensible para la mayoría de las personas, sin embargo el mensaje de la máxima fiesta deportiva del orbe, me ha llegado en esta ocasión tan insistentemente desde los medios tradicionales y redes sociales, tan apelmazado con una brea que vanagloria los más representativos valores humanos, que mi rebelde proceder, fiel desde la infancia, se ha dado a la tarea de ponerlo todo en tela de juicio.

Y es que una comezón ya bastante familiar, de otras olimpíadas, regresó con éstas. De esas comezones poco localizadas, de las que cuesta trabajo describir.

La pregunta lógica: ¿por qué hacer juegos olímpicos? Sin duda las olimpíadas se han vuelto  una pieza más del engranaje social, que lejos de erigirse en la nobleza humana, se desempeña como una enorme máquina de hacer dinero. El negocio olímpico implica inversiones y gananciaas millonarias para los países sede, los patrocinadores, los medios, etc.

Como negocio, se vende como uno muy loable, pues fomenta la "sana competencia deportiva" y el deporte es la nueva religión del hombre, una religión que constantemente va ganando adeptos de todas las edades, géneros y por qué no decirlo: "religiones", tornandose así en una Meta Religión.

¿Qué más nos da que se haga dinero con este negocio? si al final todos los países (que por cierto nunca han sido todos) participamos y tenemos ese instante de posible gloria, ese pase de "Rey por un Día" en la alfombra roja de las convenciones internacionales. ¿Qué más da?

Realmente el que personas que no practican algún deporte en lo absoluto, ricos y gordos banqueros o dueños de cadenas televisivas, se vuelvan más ricos gracias a las olimpíadas, me tiene sin cuidado. Mi preocupación va más allá, en el sentido de lo que significa la religión deportiva para naciones imperialistas, conquistadores natos, como Inglaterra, Estados Unidos, China, Alemania, Francia, etc.

Basta darse una vuelta por la vasta información en línea respecto al imaginario colectivo de las Medallas Olímpicas, a este Salón de la Fama del Rock Mundial, para darnos cuenta de quiénes han sido los directamente beneficiados del prestigio que como nación puede brindar el ser una potencia deportiva.  Al principio, el Barón de Coubertin quizás haya tenido una visión de hermandad en el que la "civilización humana" trascendiera las fronteras, y los intereses económicos y políticos. No dudo de las intenciones del entonces primer comité olímpico, sin embargo el tiempo todo lo transforma, y la condición humana desde la época de las cavernas sigue inmutable: la ley del más rápido, del más grande y del que pega más fuerte (una transfiguración triste y desafortunada del "Citius, Altius, Fortius"),  es hoy igual de vigente, y es una verdad que no debemos olvidar jamás.

Este Cirque du Soleil de los países con infraestructura deportiva, es una confirmación de su ya antigua preocupación por el deporte, como un símbolo eficiente del statu quo del poder. Los fines propagandísticos del deporte han sido fundamentales para crearse la imagen de una nación inquebrantable y atemorizadora, así lo han presumido siempre los estadounidenses, los alemanes (sobre todo en la época del nacional socialismo como diferenciador racial incluso), y los rusos, en imágenes que abundan en la cinematografía mundial, sobre todo la generada durante las segunda guerra mundial y la posterior guerra fría.

Ser los líderes en el deporte, es tener a los soldados más poderosos, y es el carnet de identidad para dominar el mundo, es la confirmación de ser "Potencia".

¿Usted qué siente cuando su país no gana casi medallas? Cuando, con mucho esfuerzo, los representantes deportivos de nuestra nación ganan algunos bronces y esporádicamente alguna plata u oro, es creo, más motivo de frustración que de festejo, al menos como país. Este sentimiento no es exclusivo del mexicano, ya que gran cantidad de países también bajan la cabeza por no sobresalir en una fiesta a la que nos invitaron (es un decir, ya que pagamos, y mucho, por ir) para resaltar la supremacía de otros, para ver desfilar frente a nuestra nariz las 20 o 30 medallas que otros se llevarán a casa, haciéndonos sentir pequeños, muy pequeñitos.



Esta situación, por supuesto nos pone a reflexionar qué nos pasa como país, pero ampliando el análisis mejor preguntémonos ¿qué le pasa al mundo? ¿qué le pasa a América Latina? ¿Qué le pasa a los países pobres? ¿Debería haber unas olimpíadas para los poderosos y otras para los no tanto? ¿Les seguimos haciendo el numerito a los grandes para que sigan destacando como nuestros vencedores permanentes? Esa intención de que los deportes despertarían el espíritu competitivo de los hombres y por sí mismo nos haría mejores, se olvidó de las circunstancias económicas, políticas y sociales de cada región y país.
Por supuesto que si hay un juego universal al cual jugar, la regla justa sería entrarle, claro, en igualdad de circunstancias.

El olimpismo debería de entornar su mirada para ver a los hombres y mujeres, más que los países, si quisiera verdaderamente "hermanar" a los pueblos y condecorar los triunfos deportivos, pero en el instante en que dos hombres compiten, es casi imborrable su color, su sexo y su nacionalidad.

A veces incluso he pensado que debería por ejemplo, haber equipos mixtos, de hombres y mujeres, persiguiendo alguna presea olímpica. Evidentemente las pruebas atléticas individuales como los 100 metros planos, o el salto de altura o longitud pone de manifiesto las diferencias físicas entre ambos sexos, haciendo casi imposible el necesitar las categorías femenil y varonil, pero quizás en el futbol, o en el volley ball, en igualdad de circunstancias, como he expresado, podría funcionar.



Continuando con el tema de la igualdad de circunstancias,  echemos un vistazo en la cultura del deporte en México. Las clases de educación física son un eterno dar vueltas a las canchas (si las hay) de la mayoría de las escuelas primarias y secundarias; calistenia básica que a veces se adereza con aprenderse los reglamentos del Volley Ball, del Basquet Ball, o del Tenis. Alguien me hizo ver que los profesionales de la educación física en México son excepcionales, con un entrenamiento árduo y que "no cualquiera" terminaba esa carrera, sin embargo creo que, a pesar de ello, la importancia que la materia "educación física" tiene en los planes académicos no va más allá de un divertimento circunstancial en nuestras vidas. Baste ver la calidad de las instalaciones deportivas de la mayoría de las escuelas a lo largo de nuestro país, para tener un elemento más de juicio al respecto del deporte nacional. A veces he pensado que, al menos en México, el futbol se convirtió en el deporte preferido precisamente porque no requiere más que un llano, 22 jugadores y un balón: nada más barato que eso.

No me atrevo a hacer un análisis comparativo de cómo eran los deportes en la antigüedad azteca y maya contra la actualidad, porque desconozco profundamente el tema, pero el planteamiento se presenta sumamente interesante, ya que, el juego de pelota por ejemplo era un evento religioso, al igual que las originales Olimpíadas griegas. Las circunstancias económicas, y la corrupción, como resultado de la política mexicana quizás sean los otros factores que se repitan en muchos países del mundo. El tema del deporte en México simplemente da para una tesis bastante extensa y muy reveladora de una variedad de aspectos de nuestra cultura.

Y como revelación, no sólo nuestra, sino del resto de los países que comparten este punto de vista, las olimpíadas ponen de manifiesto, a la vista de todo el mundo, nuestras más agudas debilidades. Cada cuatro años se exhiben las verguenzas de un racimo de naciones. La gloria para unos cuantos, y el síntoma de la falta de la religión deportiva en otros.

Claro que ser buenos en los deportes suena a deseable, pero al mismo tiempo, en concursos de otra índole, muchos mexicanos están ganando medallas en olimpíadas matemáticas, de química, y quién sabe en qué tantos otros frentes de una dignidad extraordinaria. Si yo tuviera un hijo que no fuera bueno en los deportes, y él sufriera por eso, mi consejo sería: "Los deportes no son lo más importante". Y eso lo creo de corazón.

Para poner un ejemplo tan burdo como este escrito: Si México no necesitara de la gloria olímpica, de esa auto comprobación, y sobresaliéramos mundialmente como filósofos, como un país que dominó sus demonios, quizás hasta risa me daría ver que nos rehusamos a participar en las olimpíadas por estar mucho más ocupados en otros asuntos: "nuestros asuntos".

Siempre las utopías nos extraen una sonrisa fugaz.

Lograr todos esos otros méritos, indudablemente nos llevaría a niveles deportivos altos, y en ese caso quizás sería necio no demostrárselo al mundo. No lo sé.

Otro aspecto en verdad deshumanizante, sin duda, ha sido el estilo de vida alienante de los atletas de alto rendimiento. Muchos atletas, desde pequeños, son aislados para convertir el motivo último de su existencia en ganar medallas, como es el caso de las gimnastas y clavadistas herencia de los antiguos bloques comunistas. Aquí también, el deporte a ultranza puede generar medallas y orgullo nacional, a costa de la calidad de las vidas de niños y niñas de 7 u 8 años.

Este estrés olímpico trastorna los valores de muchos atletas, haciéndolos también propensos a la trampa y el engaño, en donde muchas veces, caen en la tentación de las drogas en busca de un mejor rendimiento. No siempre el deporte saca lo mejor de nosotros ¿no es así?

Hay un vasto aparato logístico y de recursos humanos desplegados en las justas olímpicas, dedicados a detectar y sancionar el famoso dopaje de los atletas.

¿Qué hay de rescatable? Mucho. Creo y me motiva mucho tener la oportunidad de apreciar el drama individual de cada uno de los atletas. Las historias de gloria personales son hermosas, al igual que el contraste dramático de las derrotas.

Ver los rostros y las lágrimas, el dolor y las risas de los jóvenes que compiten en las olimpíadas me conmueve profundamente, porque me recuerda, precisamente, que antes que griegos, rumanos, coreanos o mexicanos, todos somos los insignificantes humanos de siempre, en la búsqueda constante del amor, de trascendencia, la búsqueda de uno mismo a través de las circunstancias que nos brinda el mundo.



Por supuesto que me gusta ver las olimpíadas, siempre que estos aspectos humanos asoman ante el potente escrutinio de las cámaras y de la ahora alta definición. La tecnología nos trae nuevamente, como cada cuatro años, las historias sublimes, de dignidad y esfuerzo, la de equipos que casi sin apoyo de sus delegaciones, merecerían portar medallas de oro, por el simple hecho de haber llegado a los juegos olímpicos; la de una niña que años después de inspirarse en su heroína, terminó compartiendo el podium  junto a ella. También las historias viles alimentan, y por supuesto nos recuerdan también nuestra humanidad. Me enteré del entrenador que abusó de su alumna desde pequeña, y como esas historias debe haber cientos más. Donde los humanos nos juntamos, se junta lo peor y lo mejor de nosotros, y ese espectáculo vale la pena verlo, pero siempre, creo yo, con una mirada crítica y fuerte, incisiva, y tratando siempre de ejercer el contrapeso de nuestra posición frente a los acontecimientos.

Así que sí, me gustan las olimpíadas. ¿a usted?



lunes, mayo 14, 2012

Patti Smith, el porqué de la noche

To prey upon stillness, to suffer dawn 
To bow before God, to administer grace 
To unveil space, to be spirited away 
To lift a child 
   into the reigning air 
   where the voice of heaven 
   chirps like a bird
Patti Smith*



Al llegar al Anahuacalli era necesario estar atento a las señales de que aquella sería una noche singular: las incipientes, refrescantes gotas que anunciaban la  lluvia; el místico castillo de piedra cuya silueta dominaba los alrededores, incluso desde antes de cruzar las puertas perimetrales de la explanada; los dos fenómenos astronómicos anunciados para el mismo día del concierto, quizás por casualidad, quizás no, uno en el que la tierra atravesaría la estela dejada por el cometa Halley, pronosticándose una lluvia de estrellas; el otro, la inusual proximidad de la luna a la tierra.

La mágica personalidad de Patti Smith estremeció desde el momento mismo que apareció en escena. La espera, y haber soportado al estruendoso y desafinado telonero "Saint Maybe" valió la pena.


Cadenciosa, emocionada, cool como ninguna, Patti dirigió sus primeras palabras a un público cargado de expectativas. Llegué a escuchar entre la gente "yo creo que va a ser más poesía que música", percepción quizás producto del peculiar recinto, quizás por formar el concierto parte de la agenda del 28º Festival de México, que en su mayoría incluía música sinfónica o de cámara; lo que era un hecho es que desde la llegada al lugar, se sentía una energía muy distinta a lo que he sentido en otros conciertos.

"Dancing Barefoot" fue la pieza que preparó la pista en la que despegaríamos con un rock suave y rítmico, hacia horizontes en ese momento desconocidos.

Video de Julián Pensamiento

Afortunadamente, la poesía sí emergió, fuerte, contundente, como debe ser, "como el rock manda", con "Free Money", cuyos primeros acordes en la guitarra robaron algunas lágrimas de Patti. Desde ese momento supe que ella no pararía, nos tendría enganchada el alma, como una pescadora, jalando más de tres mil hilos: La conexión estaba hecha.

Entre el público: punketos, hippies, ex hippies, jóvenes y contemporáneos de Patti, poetisas, músicos, hipsters, escépticos.

Desde este templo de adoración al pasado prehispánico, la muerte, cual atento tzompantli, presenció los rituales que los vivos hacemos a los que han partido al más allá: las canciones dedicadas de la noche, "Ghost Dance" a Diego Rivera y Frida; "Peaceable Kingdom" a Regina Martínez y los otros periodistas asesinados recientemente, "Wing" al fallecido Adam Yauch de Beastie Boys, "Beneath the southern cross" al escritor Roberto Bolaño.

Llegó el momento en el que todos estabamos cantando y levantando nuestros puños, "Power to the People" hizo que el aire vibrara, un estruendo de consignas que llegó a la estratósfera. ¡Me quedó todo claro! El activismo nace desde lo más profundo de nuestro ser ¡nuestra capacidad para exigir el mundo que queremos es vigente aquí y ahora! Justo en una época electoral me hizo sentido, justo en la tristeza que inunda a México resurgió el cuestionamiento de qué estamos haciendo con nuestra vida... Patti fue esa fuente de inspiración que sigue retumbando en mi mente, y seguro en muchas más.

De eso se trata un verdadero concierto de rock, de una verdadera banda, de poder dejarte invadir no sólo por la música, por el ritmo, sino por algo que le dé sentido, por un concepto y una personalidad que haga el milagro de conciliar estos elementos. El 5 de mayo Patti Smith vino por primera vez a México, y parecía más que México había viajado en el tiempo, que nos habíamos transportado al remanso de los grandes del rock, la banda entera encendió y la guitarra de Lenny Kaye me hacía recordar a Ramones en momentos, de repente aluciné con imágenes de la bruja cósmica.

Hace poco tuve la discusión con alguien, acerca que quiénes merecen estar en el Salón de la Fama del Rock, o cuáles serían los criterios para esa distinción. A pesar de caer en etiquetas banales y trivialidades, definitivamente el poder del Rock sigue vigente, y quizás la pléyade de bandas actuales hace difícil distinguir lo que en verdad marcará un nuevo derrotero en ese andar desde los albores de esta música. Es un hecho que Patti Smith no sólo ha dejado una huella imborrable en el devenir musical y merece estar ahí, sino que sigue rockeando con la vitalidad que sólo este género es capaz de infundirnos, trascendiendo la edad, las generaciones, y como hoy, desafiando el tiempo en sí mismo.

La tensión se mantuvo hasta el final, "Because de night" brilló espectacular, como en momentos lo hacía la luna a través de las cerradas nubes, para dar entrada al clásico Gloria, original de Van Morrison, en la que Patti Smith, cual sacerdotisa, nos eximiría, como en una ceremonia religiosa, de todos nuestros pecados, profiriendo en lo alto "Jesus died for somebody's sins but not mine..."

Un encuentro histórico, un momento en muchas dimensiones, un concierto poético, al final de cuentas, dedicado a los grandes, a la libertad de expresión, al aire, al agua, a la tierra, a nuestros símbolos, a nosotros mismos: ese fué el porqué de la noche.

¡Gracias Patti!



Read more here: http://www.elnuevoherald.com/2012/05/06/1197108/patti-smith-recuerda-a-periodistas.html#storylink=cpy


El setlist de la noche:

  1. Dancing Barefoot
  2. Space Monkey
  3. Redondo Beach
  4. Free Money
  5. Ghost Dance
  6. Come Back Little Sheba
  7. My Blakean Year
  8. Beneath the Southern Cross
  9. We Three
  10. Night Time (The Strangeloves cover)
  11. (We Ain't Got) Nothing Yet (The Blues Magoos cover)
  12. Born to Lose (The Heartbreakers cover)
  13. Pushin' Too Hard (The Seeds cover)
  14. Pissing in a River
  15. Peaceable Kingdom
  16. People Have the Power
  17. Because the Night
  18. Gloria (Them cover)
Encore:
  1. Wing
  2. Babelogue
  3. Rock 'n' Roll Nigger 



* De More Reflections on The Meaning of Life, editado por David Friend y los editores de Life Magazine, Little Brown and Company, 1992.*Copyright © Patti Smith 1992

domingo, abril 29, 2012

Parados frente a la pared


Escribo estas líneas a unos minutos de comenzar el segundo concierto de Roger Waters en el Foro Sol de la Ciudad de México, un día después de haber visto por primera vez The Wall en vivo.

¿Cuántas fibras removió en mí la presentación de The Wall? Muchas sin duda. Me tocó el México sin conciertos, en el que ni siquiera cabía la fantasía: "¿te imaginas que Pink Floyd viniera a México"? y en ese entonces vivías con la sencilla resignación de escuchar con la máxima calidad posible los discos de acetato de tus bandas, a poseerlos, aprehenderlos, a disfrutar de ese ritual de escuchar discos completos, con su respectivo intermedio, cuando tenías que voltear la otra cara del disco.

Ayer se cumplió una cita a la que sería imperdonable faltar, simplemente porque Pink Floyd y The Wall  forman ya parte de mi ADN, sin embargo, no estaría excenta de contrastes.

Al entrar al Foro Sol, lo primero que destaca a lo lejos es la enorme pared... se ven números y guías de prueba de los proyectores sobre el blanco muro, y cuando ya llegas a tu lugar en las gradas, te das cuenta de la impresionante dimensión del mismo. Yo calculé, con el método de equiparar bloques o ladrillos con estaturas de personas de 2 metros, un escenario de 100 metros de ancho, por 20 metros de altura, aproximadamente. No sé si mi número sea cercano a la realidad, pero para mi fue impactante.



En el escrutinio pre inicio del concierto, la mirada se posa sobre una pinta en el extremo derecho de la pared: "2 de octubre no se olvida" y concuerdo casi instintivamente con que la referencia queda ad hoc al mensaje de Waters: la milicia, el Estado que se torna contra sus habitantes. No pude dejar de pensar ¿Con quién consultan este tipo de cosas en cada país? Simplemente es el trabajo del encargado de producción, supongo. Llegará a preguntar o indagará por Internet las heridas de cada nación, para poner dedo en la llaga, para despertar la empatía local. Siento un pequeño malestar por eso. También se lee en la pinta el icono de "No más sangre" y la palabra Juárez. El concierto lo dedicará a todos los desaparecidos por la guerra del narco, y a las niñas y mujeres muertas en Juárez... nadamás de escuchar las palabras "narco"y "Juárez" se me hace un nudo en el estómago... me duele efectivamente, me da pena. Sé que se reunió con algunos representantes del Movimiento por la Paz que encabeza Javier Sicilia. Hubiera sido genial que algo del dinero de los conciertos lo diera a una asociación que ayude directamente a esas niñas y mujeres, ojalá se le haya ocurrido.

Los primeros acordes de In to the Flesh, electrizante comienzo, a partir de ahí, en perfecto orden van haciendo aparición los símbolos, las imágenes, las canciones, las guitarras. Sublime.

Como diseñador, no puedo menos que mencionar la grandiosa labor en este aspecto por parte del equipo de producción, plasmado principalmente en los videos y gráficos estáticos que se proyectaban sobre la espectacular pared, que ya se dividía en tres pantallas, o se fundía en una alucinante, majestuosa, sobrecogedora única pantalla. El vasto despliegue de calidad en la parte técnica de las imágenes, proyectores de altísima resolución, con la luminosidad perfecta en todo momento. Presenciamos el primer mundo, eso sigue siendo espectáculo para nosotros, trátese de quien se trate.

Quizás me hubiera gustado en momentos tener un poco más de interacción visual con los músicos, un poco más de circuito cerrado a ellos, creo que también este elemento visual en las pantallas hubiera dado un toque de cercanía a muchos, sin corromper el concepto original de Waters de dejar a la banda atrás de la pared, e incluso engrandecería algunos momentos de animaciones y gráficos.

La ingeniería de sonido buena, bastante decente para ser un lugar al aire libre, con pocas reverberaciones o vibración de las bocinas cercanas, al menos desde mi punto de escucha, logrando efectos acústicos tan dinámicos, que de plano me reí cuando todos (muchos disimuladamente) mirabamos arriba para buscar un helicóptero virtual que sonaba justo sobre nuestras cabezas.

Los props fueron los esperados: las marionetas gigantes que hace tantos años fueron sorpresa en las presentaciones de Waters, y que ahora se han vuelto una constante, que incluso empequeñecen al lado de las proporciones de la enorme pared.

Y este punto de lo "esperado" quizás sea uno de los ángulos controversiales del espectáculo. Ir a ver The Wall es un acto de convicción, digamos que casi de amor con las letras y la melodía que como dije, ya tienen su propia codificación en los sillares de nuestra espiral molecular. Si nos hacemos la pregunta ¿porqué ir a ver una misma banda tocar una y otra vez el mismo concierto? incluso me pregunté ¿este es un formato de concierto? ¿es una banda?

Sólo en el espectáculo de Waters podemos esperar un intermedio, que a muchos deja intrigados, sin embargo es una de las pistas para tener más claro que estamos ante una presentación teatral, un performance sui generis que mezcla actuación y caracterización de Waters en su personaje, una pequeña función de cine, con la proyección de un buen tramo de la película, y llamémosle "musicalización en vivo".

Todos los que de alguna manera hemos seguido la historia de Pink Floyd y de Roger Waters, teníamos una idea de lo que ibamos a encontrar en esta representación de The Wall, no hay ni podrá haber las grandes sorpresas, porque conocemos el carácter de Waters, su propio enamoramiento con la obra que en determinado momento, rescató, salvó de la quiebra a Pink Floyd, y que costó tantas diferencias y enfrentamientos dentro de la misma banda, que culminarían con la salida de Richard Wright.

El muro también nos habla de la separación entre los compañeros que lograron juntos The Dark Side of the Moon, Wish You Were Here y Animals, de la separación de crear música y letras portentosas, hacia la generación de una ópera moderna.

One Shot, una obra maestra, que quedará en el inconsciente de todos... con giras evangelizadoras para las nuevas generaciones. En el concierto vi mucha gente joven, que siguen aprendiendo a querer a The Wall, eso me dió gusto. El mensaje de The Wall es digno, y hace mucho sentido, sobre todo cuando eres estudiante; yo mismo vi por primera vez la película en la escuela, porque una maestra nos la proyectó casi a escondidas de la directora de la prepa, para enseñarnos que somos sólo otro ladrillo en la pared para el sistema. Sin embargo, con sólo mirar a tu alrededor en el Foro Sol, te queda claro que The Wall es una franquicia millonaria, auspiciado y apapachado por el Stablishment, por las mismas marcas capitalistas a las que enjuicia; en la pared llegamos a ver la palabra "capitalismo" escrita con la tipografía de Coca Cola, curiosamente uno de los sponsors de la gira es este mismo refresco.

Hablo de contrastes, únicamente. No le quito el genio creativo, y el arduo trabajo que sólo una personalidad narcisista como la de Roger Waters hicieran que The Wall se llevara a cabo como una puesta en escena maravillosa, y que con la tecnologia desplegada, acentúa magistralmente los momentos precisos dentro de la obra.

Exactamente vamos a ver The Wall, con el ánimo y la preparación parecidos a cuando vamos a ver La Traviata, o Turandot. Esto me lleva a pensar que también vamos en gran medida por amor a la música, y no es que descubra el hilo negro con esta afirmación. Hoy, asistir a un concierto ha perdido mucho ese sentido de ir a escuchar y disfrutar la parte musical de las bandas, y se han convertido en un sinónimo de status. Veo a mucha gente que va a conciertos de grupos que ni siquiera admiran realmente, para poder decir que también formaron parte de esa élite.

OCESA y sus similares han detectado esa extraordinaria oportunidad de negocio, y la han capitalizado al máximo, al grado que llegan a cobrar hasta más de 10 mil pesos por boleto por escuchar (y ver) a personalidades como Paul McCartney, cuando, buscando el mismo concierto en otras partes del mundo, te das cuenta que en México los boletos son mucho más caros que en Europa, por ejemplo.

Hoy los conciertos se anuncian en noviembre, como el de Madonna, y se cobran en abril. Eso en mi pueblo se llama "jinetearse" la lana 7 meses, y sí creo que las autoridades deberían de poner un límite.

Roger Waters y su banda, tocando al final atrás de la pared, los estruendos y la demolición del muro... el momento esperado, y quedamos más que satisfechos de un espectáculo visual y auditivo exorbitante, y pienso que "The show must go on",  sólo me lamento que Pink Floyd no exista más... que Waters haya decidido no crear más, aunque fuera algo inferior a The Wall,  ¿qué más da? ¿Crear no siempre es estimulante? ¿No se aburre él mismo de The Wall? para mi, es extraordinario y celebro que un concierto que jamás pude ver antes, dure más de 30 años y llegue, como un viaje en el tiempo, hasta las puertas de mi época, de mi momento, para poder verlo y disfrutarlo como si lo estuviera escuchando del mismísimo Pink Floyd, y permanecer como nos tiene a todos durante casi dos horas: parados frente a la pared.

Contrastes: el concierto que le regaló vida en su momento al grupo, hoy nos habla de la muerte del mismo, de los futuros proyectos de Waters. ¿me equivocaré? ojalá.



Dale Play a Mother aquí:

miércoles, marzo 28, 2012

lunes, septiembre 19, 2011

Me sabes a vino


miércoles, julio 20, 2011

domingo, julio 03, 2011

El sueño infinito de Leonora Carrington


3 de julio 2011

Mi cabeza ha estado dando vueltas,  desde la triste partida de Leonora Carrington, recién el pasado mes de mayo, y la verdad es que no atinaba a encontrar la manera de hablar de ella. Como cuando se va un amigo muy querido y durante el velorio todos hablan de lo bueno que fue: la repetición exorbitante te mantiene callado, porque sientes que un comentario más sería excesivo y de mal gusto, pero te estalla la entraña y lo tienes atrapado en la garganta por días.

Leonora ¿por qué nos dejas tan malitos de nuestro surrealismo?  Ella fue una artista verdaderamente compleja –y completa-  que dejó verter por cada poro su creatividad, transformándose en pinturas, esculturas, vestuarios, novelas y cuentos.

Nacida en Inglaterra en 1917, Leonora Carrington vivió en el convulsionado mundo que se hizo paso entre la guerra y la efervescencia de la intelectualidad en Europa. Ella, un alma emergida de un hogar conservador, recibió los ladrillos que sólo los privilegiados pueden poner en el orden correcto para construir grandes obras. En su caso, Leonora construiría un magnífico faro que nos alumbra con imágenes oníricas incluso hoy, después de su partida.

Su madre Irlandesa intercedió para nutrir a esta joven mente de relatos épicos, personajes y genealogías fantásticas; además, a manera de augurio, le regaló un libro de Herbert Read: El Surrealismo, cuya portada estaba ilustrada por Max Ernst.

En los años 30´s Carrington conocería al pintor alemán Max Ernst, y esta relación apasionada traería consigo una reacción en cadena de sucesos, de entre los cuales destaca el haberse adentrado en el movimiento surrealista desde el meritito centro de su gestación. Con Ernst viviría un tiempo en París, y  participarían juntos en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam. Es en este tiempo que también estaría en contacto con Joan Miró, Pablo Picasso y Salvador Dalí.

En esta época, la garra del movimiento nazi se extiende a Austria, y varios surrealistas, incluyendo a Leonora, se vuelven miembros activos del Kunstler Bund, agrupación de intelectuales antifascistas.
Max Ernst es declarado enemigo del régimen y trasladado a un campo de concentración. Leonora huye a España, ante la inminencia de la ocupación nazi en Francia, conmocionada, con una grave herida emocional,  y terminaría por instrucciones de su padre en un hospital psiquiátrico en Santander.

De ese difícil periodo, la vida y obra de Carrington quedarían marcadas de manera definitiva.
Y he aquí la manera en la que el destino lleva a nuestra pintora a tierras mexicanas: escapa del psiquiátrico y llega a Lisboa, refugiándose en la embajada mexicana, donde conoce al escritor Renato Leduc, con quién se casa y se embarca rumbo a Nueva York.

Ya en México, se divorcia de Leduc y reencuentra a varios compañeros del movimiento surrealista en el exilio, como son André Breton, Benjamín Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen, y Remedios Varo, entre otros.

En 1946 conoce al fotógrafo Emerico Weisz, con quien se casa. Desde entonces, vivió intercaladamente en México y Nueva York.

Es en México donde su pintura se potencia, y se reviste de un barníz de combinaciones íntimas y personales, de simbolismos célticos, temas Jungianos, animales fantásticos, mujeres, monjas y caballos en  episodios que podríamos situar en lugares conocidos de nuestro país, como su famosa pintura Nunscape at Manzanillo.

Sus pinturas nos llevan a descubrir un universo narrativo tan vasto como sus propios sueños, sus colores no son vibrantes, por el contrario, las tonalidades ocres, verdosas, propias de un mundo inconsciente en donde las siluetas alargadas de sus personajes se proyectan y conviven de la mano de aparatos y muebles maravillosos.

Algunas pinturas de Carrington denotan una influencia de artistas renacentistas, al evolucionar durante varios años, se van haciendo más atemporales, con menos referencias geográficas, y los personajes son una mezcla de animales y seres fantásticos, en situaciones desafiantes de las leyes de la física.

Su obra abarca muchos años de transformaciones, de figuras alargadas, a más regordetas, de colores ocres, a tonos más vivos, y como una constante inmutable: la presencia de la mujer, y los animales.

Leonora Carrington fue una mujer apasionada, adelantada a las circunstancias, luchadora, politizada y dueña de su tiempo, que intentó advertir del peligro del nazismo el en ámbito social y cultural que le tocó; también fue una entusiasta del feminismo incluso antes de sus primeras y claras manifestaciones en México, a finales de los años sesentas.

El arte de Leonora, es el arte de la magia. Sólo a aquellos que creen en la magia pueden adentrarse con placer en este florilegio de símbolos, escenas míticas de ceremonias y procesiones.

No hace poco, esculturas de su ingenio adornaron el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Fue un homenaje previo a su despedida, un desvanecimiento momentáneo, que como un sueño recurrente volverá a nuestra memoria, porque Leonora Carrington seguirá en nuestras historias inconscientes, por siempre, en un sueño surrealista, infinito.