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martes, mayo 31, 2011

Un vacío en Santos Lugares -versión sin cortes-

Hoy trato de ponerle palabras a lo que siento por Ernesto Sabato, y me encuentro en el camino de las definiciones, ese camino difícil que nunca tiene una estación fija, ese tren sin itinerario. Pero es lo que hacemos siempre, tratar de encontrar el significado de las cosas, y en estos días de mayo me doy cuenta que la mayor enseñanza que quizás nos haya dejado Sabato, fue la de no renunciar a esa búsqueda interna, a pesar del riesgo de encontrarnos a nosotros mismos, de hallar en esa inspección algunos demonios y fantasmas.

Parto imaginariamente de la estación de ferrocarril de Santos Lugares, estación que le dio nombre al poblado donde vivió Ernesto Sabato durante tantos años, ese poblado al poniente de Buenos Aires que tantas veces incluí en mis planes de viaje, con la ilusión de llegar a conocer al maestro. Tantas veces me soñé tocando a su puerta, y que una señora muy amable salía y me invitaba a pasar, indicándome que el maestro saldría en unos momentos. Parado en la estancia de su casa podía ver varios cuadros pintados por ese misterioso Sabato pintor. Todo quedó en el deseo: la partida del maestro me ha enseñado la contundencia del tiempo.

Siempre me han llamado la atención los escritores prolijos y con una obra bien definida, yo diría lustrosa; si breve, mejor, y mucho me recuerda Ernesto Sabato en cuanto a la cantidad y calidad de su obra a la de Juan Rulfo. Son escritores tan geniales que dejan una gran marca sin necesidad de compendiar su obra en largos e interminables volúmenes de “Obras Completas”.

La primera obra de Sabato que leí fue “El Túnel”, librito que marcó definitivamente mi vida y mi manera de escribir. Ese intrincado laberinto de la obsesión combinada con el amor, encontró en mi un lector ávido de esta tortura intelectual, que fui desentrañando después en el resto de sus novelas.

Después de estas lecturas una persona no puede ser la misma, y descubre quizás las dimensiones de un verdadero autor Latinoamericano, en donde innegablemente la forma de sus relatos es bella, pero el fondo es el sello que une nuestras patrias y borra las fronteras: ese compromiso que Sabato exige: de pensar, de actuar, y de cuestionar incluso exhaustivamente, los conceptos del bien y del mal. En este tiempo, en el que la violencia y el narcotráfico se han apoderado del orden humanitario, comprender el mal y los demonios del espíritu se convierte en una tarea de todos. La evolución democrática y el difícil entretejido de poderes cada vez parecen más un sueño surrealista, incomprensible, quizás como un complot extraño en el que ya no se sabe de qué bando es cada quién… como en el “informe sobre ciegos”, fragmento maestro de la novela “Sobre héroes y tumbas” en donde se transparenta el verdadero horror, la lucha existencial por delimitar el origen y final de nuestro destino, el sudor frío de una paranoia onírica a través de ese genial texto al que Sabato nos prepara para una lectura fuerte y delirante: “Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato”.

Sabato nos legó otra importante lección: el compromiso con nuestro pensamiento, con nuestra obra, es incompatible con el renunciar a la vida, el debate ontológico termina cuando debe de terminar, e irónicamente, aunque llegó a pensar en el suicidio, murió prácticamente a los 100 años de edad. Este espíritu de soportar, de no renunciar, de aguantar, de pelear, es un tinte más a la pintura que conforma su identidad con América Latina, y que desgarradoramente leemos, con un nudo en la garganta, en esa carta denominada “Querido y remoto muchacho” que forma parte de su tercera novela “Abaddón el Exterminador”.

Pienso que la justicia no existiría si no existiera la capacidad de enunciar la verdad, y Sabato, a través de su habilidad y su sencillez, le ha dado voz y capacidad de denuncia a tanta gente que sufrió el horror y las consecuencias de la represión militar, y de la injusticia, a través de ese documento que forma parte de la historia, el “Informe Sabato” y su materialización final en el libro “Nunca más”. En sus propias palabras, Sabato decía que la verdadera justicia sólo la recibiríamos de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión; él no sabía que se estaba describiendo a sí mismo.

Un debate más en la vida de Sabato fue su acercamiento con la ciencia. Fue un hombre que tocó de cerca el rigor del método científico, habiendo conseguido un Doctorado en Física, además de una beca de investigador en el prestigiado laboratorio Curie en París; yo mismo he vivido esa tentación, al haber estudiado Ingeniería Bioquímica, y creo poder comprender de cerca esa misma dicotomía, en la que el llamado creativo te contrapone ante el positivismo científico. En Sabato su vocación venció afortunadamente para todos nosotros, y esa experiencia seguramente enriqueció su comprensión del mundo, experiencia a la que seguramente se aventuró por su natural inclinación por buscar los orígenes y la “verdad”, como en su voz nos ha invitado: “necesitaras de el coraje para decir la verdad, tenacidad para seguir adelante”.

En el mundo no sólo de los escritores, sino del lenguaje en general, no se puede evitar la abrumadora realidad del lenguaje visual, y un escritor como Sabato no quiso quedarse “mudo” en este particular mundo de la creación gráfica, de una semiótica “Sabatiana” que materializa un mundo desgarrador y de un peso existencial que en su obra a veces me recuerda al expresionismo de “El Grito” de Edvard Munch. El mismo Nietzsche compuso música, y esas incursiones en lenguajes que podrían sonar ajenos en filósofos y escritores, son más bien un medio de “desborde” para expresar aquello para lo que las palabras no alcanzan, en un acto de significar con arrojo y valentía en un terreno alternativo.

Llegamos al final de este pequeño viaje, desde nuestra partida de la estación de Santos Lugares, un poco triste porque hay tanto qué decir de Ernesto Sabato, y ningún homenaje estará jamás a su altura; como él decía: “…como cuando se muere alguien que queremos mucho, cuando comprendemos que las palabras son irrisorias, o torpemente ineficaces.” Pero también contento, porque con su partida ha revivido un universo que, si calla de vez en vez, también sabemos que toma su turno para surgir por encima de nuestras conciencias, y orientarnos en los más intrincados laberintos de nuestra existencia.

Nota: Escribo “Sabato” sin la tilde, aunque es una palabra esdrújula, porque el mismo autor no la agregaba.

jueves, enero 03, 2008

Cuento de amor en un día de muertos




















En víspera de la celebración de los fieles difuntos, Héctor y María tuvieron el marco ideal para que su intrincada historia de amor diera sus primeros pasos en lo concreto.

Si en este relato los protagonistas se confesaron sus sentimientos, fue quizás por ceder a un deseo caprichoso que aparecía constantemente en los sueños de Héctor. En realidad, todos los romances son secretos, aún los que se confiesan.

Puedo imaginar con claridad a Héctor: está recostado en su cama y piensa en ella. A decir verdad, no es necesario verlo para darse cuenta de la presencia de María. La habitación entera desprende el aroma de su recuerdo. La luz de la tarde que entra por la ventana se refracta al atravezar el aire espeso que Héctor evoca. Cambia de tono. Se vuelve ámbar y acaricia las cosas en lugar de cumplir con su misión iluminadora.

La conoció hace un año en un café al aire libre. Ella escribía sin poner mayor importancia al mundo exterior, me refiero al que estaba más allá de los bordes de la mesita del café. Esa indiferencia siempre será un encanto. Los lentes en la punta de la nariz, la mirada asomada por encima de ellos, "un americano por favor", el cabello claro y un poco despeinado de tanto pasarse la mano por la cabeza. De pronto sintió su presencia. Volteó y las miradas se engancharon en un instante fugaz. El tuvo la certeza de que algún día la conocería.

Todos sabemos que hay miradas como presagios. Son parte ineludible de nuestro destino. Después de varios meses, y sin poder precisar cómo fue, ambos quedaron de verse en el museo de antropología. La Sala Mexica; el lugar romántico por excelencia.

La vio llegar apresurada, apenas diez minutos tarde.

- Hola, ¿llevas mucho esperándome?
-No. Un rato nada más.

Se saludaron de beso. Un beso deliberadamente distraído, cerca de los labios. Entraron en la sala obscura y silenciosa. Al llegar a los pies de La Coatlicue, María se detuvo. Permaneció callada mientras contemplaba las serpientes encontradas en lo alto de la Diosa. Apenas se oía el murmullo de unas voces del otro lado de la sala.

-Coatlicue, María. maría, La Coatlicue -Héctor hizo el ademán de presentarlas.
-Ya tenía el gusto, gracias -dijo María-. Además, es de mis favoritas.
-O sea que son viejas conocidas.
-Se podría decir.

Ambos se encontraron ante el abismo de las palabras. Ninguno se atrevía a hablar de otra cosa que no tuviera que ver con las esculturas. La muerte de un deseo fue en ese momento una ofrenda a La Coatlicue. Sin embargo, en México, la muerte es sinónimo de vida. Al morir un deseo por primera vez, resucita con mayor fuerza. Un deseo puede morir miles de veces, quizás así se alcanza la pasión.

Se vieron durante varias semanas. Una noche, después de que María estuvo con Héctor, se encerró en su cuarto. Se sentó en la cama mientras veía un punto fijo, mientras se acariciaba un pie. Al recobrar el sentido del tiempo se dio cuenta de que su mente había estado en blanco por más de media hora; quizás de visita en la dimensión de las sensaciones. Miró su pie y sonrió.

El dos de noviembre fueron a ver las ofrendas de muertos al espacio escultórico. El viento de la noche hacía que las veladoras pintaran de movimientos amarillos las flores de cempasúchil. El copal penetró más alla de la noche. María alzó la vista y vio cómo la luna llena se levantaba en el cielo rojizo. Jaló a Héctor para que también la viera.

Bajaron al centro del gran círculo que forma la escultura; se esntaron juntos en una piedra; permanecieron quietos y en silencio.

Un mar de grillos llenó el espacio que ellos callaron.

María se volvió hacia Héctor. Al mirarse comprendieron que en ese momento las palabras eran un compromiso inútil. Se besaron en una última ofrenda a la muerte de las razones.

jueves, diciembre 27, 2007

Decisión















Cerré mis ojos y juré no volver a abrirlos. Susana me suplicó que olvidara lo ocurrido, que la perdonara, que ser un ciego voluntario era un capricho tonto. No accedí. Con el transcurso de los días la vida se convirtió en un martirio para ella. Me tenía que llevar la comida donde yo estuviera, ayudarme a caminar por la casa y, en vista de mi incapacidad para trabajar, renuncié.

En ocasiones, mientras Susana me preparaba el baño, o me peinaba, la oía sollozar. Pude imaginar cómo sus lágrimas corrían por su rostro, cómo la garganta se le anudaba de tristeza. Jamás volvió a insistir en que yo abriera los ojos. Casi sentí pena por ella, pero mi decisión había sido tomada; si me mostraba débil la única afectada sería ella. Yo sólo quería su bienestar.

Cuando empezó a faltar el dinero Susana consiguió un empleo que la mantenía fuera de casa hasta muy tarde. me las arreglé como pude, siempre sin abrir los ojos, porque yo no soy un tramposo. Si Susana se enterase que he abierto los ojos en su ausencia, jamás me lo perdonaría.

Así pasaron dos años; ella se iba a trabajar antes de que yo despertara, y volvía cuando ya me había dormido. Incluso los sábados y los domingos, pues según me dijo recién entró a trabajar, era una condición de la empresa, pero que esa situación no duraría mucho y además, la paga era buena.

Me fui acostumbrando en esos años a un profundo silencio. Durante todo el día lo único que se escuchaba era el reloj de la sala. Llegó el momento en que la voz de Susana era sólo un recuerdo confuso, sus interminables y contenidos sollozos fueron ecos que se me escaparon. Su caminar pausado, que antaño me recordara la hermosa volumetría de su cuerpo, también se esfumó para siempre.

Un día de agosto decidí esperar a que regresara del trabajo; más aún, decidí olvidar lo pasado y abrir los ojos y hasta pedirle perdón. Lentamente fui levantando mis párpados. Aún con los ojos abiertos no pude ver nada durante varios minutos; después, poco a poco recobré la visión. Era de noche, los contornos de los muebles se iban revelando como una fotografía. Esperé hasta el amanecer. Nadie entró por la puerta. Tuve una duda repentina; me dió miedo. El miedo creció, me levanté con dificultad a la silla donde estaba. Busqué por toda la casa. Al llegar al pequeño jardín trasero el olor me paralizó. Su cuerpo yacía en el pasto, inerte.

sábado, diciembre 22, 2007

Disertación profunda acerca del arte de la literatura















Abro el cuaderno y encuentro sus hojas en blanco, lo cual no me sorprende, ya que el día en que lo compré pedí al dependiente me diera un cuaderno de hojas blancas. Quizás rescate el factor sorpresa si me avoco a la tarea de explicar que debería estar lleno de letras, palabras, párrafos enteros escritos por alguien.

Si no fue así, es posible que haya sido porque no abrí el cuaderno en el tiempo correcto, sino justo antes de que el desconocido escritor pudiera anotar cualquier cosa. Lo peor del caso es que contínuamente lo abro, y siempre me encuentro ante el desconcierto de mi anticipación, o de la tardanza del fulano para escribir en él.

¿Por qué razón no compré un libro ya impreso como todo el mundo? Bien, no es tan sólo una razón de comprar o no un libro; es toda una forma de vida, fundamentada en la delicadeza y el arte de la existencia. Desapegarme a tal disciplina, significaría rebajarme al nivel de los que compran libros ya escritos; a los que no tienen la paciencia necesaria para esperar a que los escriban después. En efecto, esa era mi razón.

La paciencia del cazador se sublima en el momento de encontrar a su presa descuidada, y es ese espíritu aventurero el que hace falta a la gente, ese alter ego anti rutinario que no es otro más, que el que hace de un apacible maestro de escuela, un sanguinario monstruo dedicado a la antropofagia, e incluso a los extremos de la política y la administración pública.

Harto original sería descubrir al desaparecido escritor infiltrarse en nuestra biblioteca, mientras busca el inédito volúmen para mancharlo con sus ideas más inspiradas.

También la economía juega aquí un papel importante, púes ¿por qué pagar una cantidad por un libro, sin saber de antemano lo que tiene escrito? Si no es de nuestro agrado, ¿a quién reclamamos? ¡Claro! es muy cómodo para el autor no estar presente cuando leemos alguna célebre porquería. Con mi método, uno compra literatura a un precio razonable y hasta puede supervisar el proceso creativo. Si el escritor hace su trabajo de mal talante, se le puede echar de la casa y esperar a otro. En resumen, es la oportunidad de evitar sorpresas desagradables y de hacer valer nuestros derechos.

Dije algo acerca de evitar sorpresas, pero no mencioné una en especial, que por el contrario, antes que ser una molesita, resulta una tentación irresistible, el alma misma de la aventura literaria: ¿Quién será el famoso escritor que visitará nuestra casa?

Excitado por el suspenso que esta pregunta representa, no le he quitado el ojo de encima al pasillo y a la ventana que dan a la biblioteca. Se dice que una vez un afortunado testigo recibió a Dante en su casa, y éste la encontró acogedora. ¿Quién, después de visitar el infierno, no encuentra acogedor cualquier sitio? Otro informe habla de la muerte casi instantánea de un obispo italiano cuando, en espera de San Agustín, descubrió que en lugar del santo, el destino le había traido la visita de Baudelaire; y qué decir de la pareja de casados cuya vida conyugal estaba al borde del fracaso; tras la visita del Marqués de Sade sus problemas se resolvieron, y ahora son un matrimonio feliz.

Todas estas historias atizan la llama de mi curiosidad, de un morbo histórico inefable que late en lo más profundo; por ese motivo llevo sentado en esta sillita de mimbre seis meses, pues sería lamentable que mientras salgo a comer, un célebre autor llegase así como así, sin un anfitrión que lo atienda a la medida de la circunstancia.

Estaba meditando en todo lo anterior, cuando un rechinar de la puerta principal anunció el tan esperado suceso. El corazón se me paralizó, y la imaginación dejo de volar para atenerse a lo que, de un momento a otro, acontecería en el viejo pasillo. El olor acre que llegaba hasta mi nariz quizás fuese el indicio de algún personaje bastante antiguo, ¿Homero acaso? Cuando vi su figura aparecer entre la penumbra del corredor, descarté tal suposición. Era un hombre alto, de unos cuarenta años, con anteojos; vestía un traje oscuro que le quedaba holgado, y su rostro no me era conocido. Aprovechando mi posición estratégica en la oscuridad, traté de recordar la cara de algún autor que encajara con la del extraño visitante. Fue inútil. Nervioso, me levanté de la silla en el instante en que el sujeto tomó el cuaderno del librero.

- ¡Bienvenido! Disculpe la falta de cortesía pero, no puedo recordar qué famoso escritor es usted. Por un momento lo confundí con Milton.

-¿Escritor? yo no soy escritor, soy médico -dijo tranquilo, a pesar de mi repentina aparición.

-Entonces habrá hecho algún importante tratado de medicina...

-No lo he hecho -comentó, al mismo tiempo que escribía en el cuaderno.

-Es que yo esperaba a un escritor -dije confundido, también decepcionado; casi a punto de llorar.

-Usted ya esperó demasiado tiempo, ya está muerto -echó un último vistazo a lo que acababa de escribir y me lo mostró-. Es una acta de defunción, seguro es a lo que usted se refiere; mire...

En efecto era una acta de defunción. Es curioso pero cuando leí mi nombre en ella me sentí muy relajado... muy liviano.

viernes, diciembre 21, 2007

Las Quinceañeras



Todo lo que usted se pueda imaginar, y más, es lo que le espera si tiene que ir a una fiesta de "quinceaños" próximamente.

Dichosas las mujeres que pueden experimentar el día más rosa de su existencia, escoltadas por cadetes del Colegio Militar a la entrada de la iglesia, leit motiv de los esfuerzos paternos, que han visto florecer a su hija, y llegado el momento, coinciden con la idea generalizada de que esa "flor" tiene que ser presentada formalmente en "sociedad".

Aunque parezca increible, la mexicanísima tradición de la fiesta de "quinceaños" (que por cierto, sólo dura un día) forma parte del rito quizás más antiguo del mundo, que es el de la iniciación o "presentación" de la mujer ante la comunidad. Claro, dicho ésto muy a la mexicana (eufónicamente), ya que en realidad el origen del rito se basa en el ofrecimiento de la mujer virgen, en una edad de madurez sexual, a los varones de la comunidad tribal. Que en este caso la tribu se transforme en una sociedad urbana, nos hace entender que también existen otros valores culturales que cambian con respecto al concepto de "ofrecimiento", ya que incluso el actual motivo de festejar a la quinceañera es muy distinto en cada familia.

Toda la parafernaila quinceañeril es material de estudio para antropólogos, escritores, filósofos y amas de casa. Todo comienza con la decisión de la futura quinceañera: ¿vas a querer fiesta? La respuesta varía desde el "sí" rotundo e inequívoco, al "quiero mi carro", hasta el consabido viaje a Italia, donde la festejada recibe del mismísimo Papa la bendición cristiana, apostólica y romana.

Tomada la decisión, la vida familiar se vuelve un mar de preparativos: la iglesia, los padrinos, el vestido, las invitaciones, el "vals", los chambelanes. Aquí me detengo para reflexionar acerca de estos míticos personajes que acompañan a la quinceañera en su baile de presentación:
¿Qué son los chambelanes?
Según el diccionario un chambelán es: "un gentilhombre de cámara", cosa que no nos dice mucho, pero si echamos un vistazo a esa otra parte de la fiesta, a los ensayos que meses antes realizan quinceañera y chambelanes, podemos dar una definición más precisa: "chambelanes son las personas designadas por la quinceañera para que la acompañen a la hora del baile, con la finalidad de que no sea tan notorio que la festejada no sabe bailar". De ésta definición tenemos que los amigos de secundaria, primos y a veces hasta el novio, sirven de chambelanes, siempre y cuando bailen peor que la quinceañera.

Es curioso ver cómo en épocas pasadas, las quinceañeras y su séquito sólo bailaban el tradicional "vals", y ahora se ha convertido en una parodia de los ritmos de moda, en el que relucen los disfraces de rockeros, punks, raperos (hoy hip hoperos) y hasta Shakira es personificada en tan solemne festejo; pero me estoy adelantando...

Ya hechos los preparativos, y concluidos los ensayos a cargo de un profesional del baile, llega el día esperado. La ceremonia religiosa sirve de escaparate para disfrutar el exquisito y refinado gusto con el que se eligió el vestido de la quinceañera, se distingue por sus tonos apastelados, sobre todo el rosa o el azul. El sombrerito con velo asoma la tímida cara de la ex niña, ahora mujer, que se tambalea en tacones altos por el pasillo hacia el altar (aunque ahora se han puesto de moda tenis hechos de raso del mismo color del vestido). Desúés del didáctico sermón, y de los flashasos de los reporteros gráficos que se encargarán de que el suceso quede inmortalizado en la sección de sociales de prestigiados diarios locales, la concurrencia se traslada al lugar de la fiesta, generalmente bastante retirado del lugar de la misa, mientras la moderna Cenicienta sube a su carruaje en forma de calabaza, jalado no por hermosos corceles, sino por un Galaxie modelo 75 ¿no es como un sueño?

Ya en el "centro social" los invitados esperan el momento apoteósico en el que la festejada, flotando entre nubes de hielo seco y música instrumental, baje por una pequeña escalerita de caracol que apenas da cabida al vuelo del vestido.

Los momentos emotivos no se hacen esperar: el discurso del papá de la quinceañera es fundamental. Las lágrimas corren por el rostro de la festejada y los aplausos brotan a borbotones. Llegada la hora de la cena: la obligatoria crema (de lo que sea), pollo o res y el pastel con harto merengue.

El mariachi anuncia la llegada del final, después, cada quién para su casa; los pies de la quinceañera no soportan un minuto más de tacones, pero lo bailada nadie se lo quita. Los papás cumplen con una etapa más en la vida. Verán orgullosos las fotografías de una noche que da testimonio de meses de preparación, de ahorros y de entusiasmo. ¿Quién le puede reprochar a alguien la sensación del deber cumplido?

La tradición de la fiesta de quince años ha cambiado en los últimos años. En verdad las tradiciones cambian, al igual que los tiempos, pero la actitud festiva en las personas es algo inherente a la alegría de vivir, sea cual sea el motivo de celebración. Quizás ahora el mejor motivo para festejar algo, sea el que podemos festejar algo.

sábado, diciembre 15, 2007

Niño y Gato















Erase una vez un niño con facciones a él mismo.

Sintiéndose en su anhelo joven y con pocos años de haber vivido, no se percataba de que en lapsos invisibles se iba haciendo viejo.

Tenía un gato que comía pasteles y ese gato se escondía en los cajones.

El niño siempre buscaba a su gato y el gato no existía porque su imagen le incitaba a pensar en mundos extranjeros, conocidos, paralelos y distantes sobre todo.

Cocinaba el niño-joven pasteles para el gato el cual en silencios de cajones se escondía sin dejarse ver desde su ausencia. Pero el gato no salía, no salía, no salía, no salíamos de nuestro mundo cuando veíamos gatos, pero el niño-adulto había crecido y él sabía que estábamos equivocados.

- Pobres tontos -suponía pensando que el gato sí existía.

Una vez que cocinaba el niño-viejo se dio cuenta que jamás había probado un pastel de los que cocinaba y enojado por el hecho se comió uno con sabor a chocolate.

De repente empezó a sentirse extraño, con visiones de hombre-niño, niño-viejo, niño-gato.

Y ese gato apareció de entre lo oculto y el gato cocinaba pasteles para un niño, un niño, un niño que se escondía en los cajones y no existía.

domingo, diciembre 09, 2007

El Botón

La verdad, Samuel no quería apretar el botón. Estaba tan a la mano, de un color rojo tan llamativo. La cosa más fácil de hacer era oprimirlo. Tuvo que esforzarse verdaderamente para retirar su mano del tablero con lentitud. Por su mente pasó un desfile de imágenes en las que veía a la humanidad avanzando cada vez más en el campo de la tecnología, la misma tecnología que había hecho posible que con un insignificante botón rojo, la naturaleza se rindiera ante un torbellino de destrucción. Pero tenía un deber que cumplir; sus sentimientos ante el orden natural no eran compatibles con su misión, la cual era específica: apretar el botón.

Durante unos segundos Samuel contempló el interruptor. Era pequeño, como si no tuviera mayor importancia que los demás botones del tablero; rojo brillante, de forma rectangular y con una superficie rayada, antiderrapante. ¡Era un botón para valientes! Estaba ahí para no dudar en el momento de usarlo, y ni siquiera se le podía resbalar a uno el dedo. Sudó frío. Volvió a poner su mano cerca del tablero; no tardarían en darse cuenta de que aún no apretaba el botón. Puso su dedo tembloroso sobre el interruptor, lo miró fijamente y se preparó para escuchar el estruendo infernal. Cerró los ojos. En ese instante su mujer entró por la puerta blanca.

-¡¿Se puede saber porqué no has licuado las fresas?!

- Es que no sé en qué velocidad...

-Por lo visto los hombres no tienen nada que hacer en la cocina. ¡Te dije que el botón rojo!

La mujer lo apartó de la licuadora y preparó el postre.

sábado, diciembre 08, 2007

Puerta de hierro Art Decó

Hoy fue un gran día; la sensación de la vida fluyó por sus venas desde el primer momento que accedió a cerrar los ojos y descubrir una ventana a un mundo que daba por conocido.

- Confía, pasos más grandes... -le dijo ella.

-Siempre andamos por la vida con certezas, y fue agradable confiar hoy. -Pensó. - Gracias por ese regalo lindo de un lugar especial.

Un palacio en otra perspectiva, el frío, los primeros pasos, encuerados de los mil pueblos tocando un tambor insoportable, la visita de un viejo y conocido vestíbulo, y descubrir una puerta de hierro Art Decó, y el latido mientras se ve el mundo a través de ella... - Quien inventó la vida se voló la barda -Dijo Héctor para sí.

Ni decir de las sensaciones posteriores, pero esa puerta sigue en su mente. Aun ahora, no quiere pensar tanto, simplemente recordar.


Un treno che parte da Mestre al mattino
La Pioggerella freda ed aspra di un giorno senza sole
Un treno che parte da Mestre al mattino...

Hoy, también viajar en un estacionamiento fue como un ride en la montaña rusa...

Así transcurrió el día para Héctor; Quizás le esperaban muchas otras sorpresas ese mes.